Los gudaris de Gernika ya tienen nombre

Una placa recuerda a 82 soldados, 72 guipuzcoanos, enterrados en una fosa común

DIARIO VASCO | ANA VOZMEDIANO | GERNIKA | 18-6-2017

El cementerio de Gernika es pequeño, bien cuidado, con flores de colores en las zonas comunes, nichos y panteones familiares de piedra. Desde ayer cuenta también con un monolito y una placa en la que aparecen los nombres de los 82 gudaris, 72 de ellos guipuzcoanos, que yacen en una de las fosas comunes y que pertenecieron a los batallones Loiola, Amaiur, Itxarkundia y Saseta. Los nombres de Pedro Segurola Egia, de Miguel Arano Arribilaga, de Francisco Galarraga o de Regino Zabaleta han sido rescatados tras ochenta años de olvido para que sus familias sepan donde se encuentran y la historia conozca que ocurrió con sus vidas.

Para ello, la Diputación de Gipuzkoa organizó ayer un acto institucional en el camposanto de Gernika, en palabras del diputado general del territorio, Markel Olano, «para saldar la deuda histórica con estas personas y sus familias después de ochenta años de olvido». Nietos, hijos, sobrinos, se concentraron junto a la entrada al camposanto, donde esperaba una recreación histórica de gudaris del batallón Saseta que, poco antes del final del acto, lanzarían seis salvas de honor al grito de ¡Sua!.

En silencio

Años de olvido o de recuerdo callado. Una de las sobrinas de Joaquín Laskibar, de Zumaia, acudió ayer al cementerio para rendir homenaje a su tío junto a sus cuatro hermanos. Su padre, hermano gemelo de Joaquín, también participó en los batallones de gudaris, pero tuvo más suerte porque le hirieron y le mandaron al hospital. Más tarde lo encarcelaron durante años. Al menos sobrevivió. Su gemelo murió y nunca supo donde le habían enterrado, un dolor que llevaba dentro y que nunca quiso comentar demasiado en familia.

«Pensamos que estaría en algún lugar de Amurrio, alguien nos dijo que anduvo por allí. Hace seis años supimos que lo enterraron aquí, en Gernika, pero mi padre ya había muerto y nunca llegó a saberlo». Esta mujer que prefiere no decir su nombre, «te puedo engañar y decir Pepita, pero no quiero», ha vivido 43 años en Iparralde, y compartió ayer el espíritu de un acto que reivindicó la memoria histórica como herramienta fundamental para que lo ocurrido en la Guera Civil no se repita y para que se busque la verdad y la justicia. Cree que hay que avanzar y que actos como el de ayer sirven para cerrar heridas. «Nuestros nietos se lo merecen».

Ella fue una de las protagonistas del día junto a familias enteras que acudieron a Gernika desde Donostia, Eibar o, incluso, desde Miami. Arantza Oiarzabal Idiaquez llegada desde Zarautz aunque nació en Getaria. Vivió la Guerra, su prima de ocho años fue testigo directo del bombardeo de Gernika y ella fue una de las mujeres que fueron expulsadas de su pueblo. Aunque no tiene a ningún familiar enterrado en Gernika, sí quiso acompañar a unas amigas que todavía no han logrado saber qué fue de sus familiares, gudaris que fallecieron y que nunca se supo dónde fueron enterrados.

Porque no cayeron en manos de un enterrador como Julián Lejarraga, al que el propio Olano reconoció ayer su labor de no dejar que los muertos quedaran sin identificar y que no fueran sacados del cementerio. Porque sus restos reposaban en nichos comprados en su momento por el Euskadi Buru Batzar, pero las autoridades franquistas decidieron sacarlos para vender las tumbas. «Él los dejó en la fosa común».

La tarea de Lejarraga fue fundamental para recuperar a estos soldados vascos del olvido, como lo han sido asociaciones memorialistas como Erkibe Kultur Elkartea de Zumaia y Gernikazarra de Gernika. O Aranzadi. Uno de sus trabajadores, Mikel Diego, acudió ayer al acto junto a Izaskun Pérez y la pequeña Aiuri, dormida en su cochecito. Mikel dedicó cuerpo y alma a la búsqueda de las familias de algunos de los gudaris. «Algunos se han enterado prácticamente ayer de que estaban aquí.

Y es que, en palabras de José Mari Gorroño, alcalde de Gernika, «cuesta tiempo que salga a la luz lo borrado, pero tanto las víctimas como sus familiares y la sociedad en general tienen el derecho inalienable a conocer la verdad. Es el único camino para que esto no se repita». Gorroño concluyó su disertación diciendo no a la barbarie y a la violación de los derechos humanos y de los derechos de las víctimas

El diputado general de Bizkaia, Unai Rementeria, saludó a los familiares y les recordó que a partir de ahora ya saben dónde llevar flores a sus muertos. El guipuzcoano, Markel Olano, recordó también otra fosa común del cementerio de Gernika, la que alberga a 270 republicanos, situada en la entrada. «La placa que hoy hemos colocado junto a la de estos soldados son los mejores exponentes de que los franquistas fracasaron en su intento de borrar el pasado».

El calor apretaba en la campa del cementerio y fue necesario recurrir a los servicios de urgencias por alguna lipotimia. Pero nadie quería perderse nada, sobre todo la ofrenda floral en la que participaron políticos y familiares con coronas, entre ellas los hermanos Sistiaga, los primeros que supieron que su hermano del batallón Loiola estaba enterrado allí y que no dudaron en colocar ellos mismos una placa en recuerdo de Francisco.

La emoción del minuto de silencio, la música del violonchelo y la corneta tocando a muerto fueron parte también de este acto que, en palabras del propio Olano, «está dentro de nuestro objetivo de recuperar a los que faltan, porque la memoria colectiva la forman retales distintos y diversos». «Ya era hora», lamentó con algunas lágrimas la hermana de Francisco Sistiaga.

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