Juan Mariné, el hombre que filmó el entierro de Durruti

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Juan Mariné fue militante de la CNT - FAI / PÚBLICO

► El cineasta empezó a trabajar en el cine con 14 años y ha participado en más de 150 películas.

► Su tercer y último campo de concentración en una antigua azucarera en La Rinconada (Sevilla)

PÚBLICO | FERMÍN GRODIRA | MADRID | 11-9-2017

Nunca es fácil resumir 96 años de vida, pero esta empresa resulta casi imposible en el caso de alguien con una existencia llena de hechos memorables como Juan Mariné. Nacido el último día del año 1920 en Barcelona, Juan empezó a trabajar en su pasión, el cine, casi de por casualidad. La revolución que supuso que la llegada del sonido y sus conocimientos de francés hicieron el resto.

Era noviembre de 1934 y el joven Juan solo tenía 13 años: "Me tocó ir a los estudios Orphea de Barcelona a llevar unas cámaras nuevas que ya eran sonoras y venían de Francia", cuenta a Público como si hubiese ocurrido ayer. Estaban grabando la película El octavo mandamiento de Arthur Porchet. Una de las veces que fueron a rodar no funcionaron las cámaras recién estrenadas y él supo cómo enchufarlas correctamente gracias a sus conocimientos de la lengua de Voltaire. Y le pidieron que se encargarse de que las cámaras funcionasen a partir de ese día pese a su edad y de ser un simple visitante en el estudio. "Todos a los españoles fueron a la calle porque no sabían nada de sonido y cogieron a gente de Francia y Checolosvaquia. Yo era el único español", rememora Mariné.

Tras esta primera incursión en la cinematografía, continuó en los estudios Lepanto como segundo ayudante de fotografía de Adrian Porcel. Hasta que el fallido golpe de Estado y la posterior guerra civil alcanzó a Juan Mariné. Otra revolución, la social, le fuerza a afiliarse en la CNT-FAI aunque "la política no me interesaba nada". Para poder trabajar era indispensable afiliarse en los sindicatos únicos. En este período está detrás de la cámara en míticas películas propagandísticas anarquistas como Aurora de esperanza y otras de espíritu documental como Barcelona trabaja para el frente.

El 22 de noviembre de 1936 graba el entierro de Buenaventura Durruti, sepelio que acabó grabando a mano "porque se habían agotado las baterías de las cámaras" debido al numeroso público que acudió a despedir al héroe anarquista. En esa Barcelona revolucionaria trabajó con Paco Martínez Soria, a quien quisieron echar de la CNT por ser "un mal actor" y no ser revolucionario. Juan Mariné votó en contra de su expulsión, un gesto que el actor zaragozano siempre le agradeció. Años más tarde, una vez acabada la guerra, trabajaron juntos en varias películas como El turismo es un gran invento y ¿Qué hacemos con los niños?

Prisionero en Francia y España durante la Guerra Civil

Pese a sus deseos de mantenerse alejado de las armas fue llamado a filas en la apodada quinta del biberón a los 17 años. Su milicia, formada por 250 hombres, luchó en la batalla del Segre. Solo sobrevivieron 17. Disuelta su unidad, el comandante comunista Enrique Líster lo hace su fotógrafo de guerra después de conocer los retratos que Mariné hizo de sus compañeros. En esos años, la explosión de una granada le arrebató la audición del oído derecho. Es el único achaque que tiene. A sus 96 años mantiene una salud de hierro. Y buena falta le hizo esa fortaleza física en los años que siguieron a la Guerra Civil.

Cautivo y desarmado el ejército rojo, Juan Mariné cruzó la frontera francesa en su camión-laboratorio. Los gendarmes se incautaron el vehículo y todo lo que estaba en su interior. Juan fue internado en el campo de concentración de refugiados de Saint-Ciprien con apenas 18 años. El Estado francés le ofreció la libertad a cambio de alistarse en la Legión Extranjera durante cinco años en Indochina. Escapó aprovechando un descuido de los guardas pero finalmente fue capturado y reinternado. Esta vez en el masivo y masificado campo de Argelès-sur-Mer. Las condiciones eran atroces: "no había ni sitio para poner los pies en el suelo y para comer tiraban pan duro como a las gallinas", recuerda vívidamente. Aprovechando una noche nublada y el sueño de los centinelas se volvió a fugar. En enero. De noche. A nado. Empapado, a oscuras, tiritando y con el conocimiento de que si era capturado sería fusilado, Juan encontró en el pueblo una tienda con una luz encendida en la madrugada. Sería su salvación.

Era una panadería, donde el dueño le preparó una comida. Nunca otro plato le ha sabido mejor. El panadero le aconsejó entregarse a las tropas franquistas al otro lado de la frontera. Así hizo. Lo llevaron a San Sebastián. Allí le esperaba una travesía por mar hasta Cádiz en un barco para el desguace lleno de prisioneros. Entró al que sería su tercer y último campo de concentración en una antigua azucarera de La Rinconada (Sevilla). Los prisioneros eran usados como mano de obra barata para "hacer carreteras y pelar patatas". Logró informar a su familia de su paradero y su padre vino a sacarlo de su cautiverio gracias a sus contactos. Padre e hijo no fueron capaces de reconocerse mutuamente a primera vista en su reencuentro debido a la delgadez y penurias extremas que ambos habían sufrido. Después de dos años Juan Mariné pudo, al fin, volver a dormir en un colchón.

Aunque la guerra ya había acabado, Juan, de nuevo en libertad, trabajó como soldado en el cuartel del sevillano Parque de María Luisa. En la primera oportunidad que tuvo volvió a entrar en un cine y disfrutar de una película. La elegida fue El gran Ziegfeld, la primera con "grandes decorados". Su visionado le supuso "pasar de una vida en que no existía más que la muerte" a ver "algo maravilloso". El impacto que le produjo el film le hizo prometerse a sí mismo que dedicaría su vida al cine. Un juramento que ha cumplido al pie de la letra.

Hizo un examen para ser fotógrafo militar en la Capitanía General de Catalunya. Se presentaron altos cargos del Ejército y familiares de otros militares pero gracias a su gran valía Mariné superó los tratos de favor y consiguió la plaza. Durante un tiempo compaginó ese puesto con trabajos como ayudante de fotografía en producciones rodadas en Barcelona. Se ganó la confianza de sus superiores y participó en una operación militar ultrasecreta: la Línea Pérez, conocida oficialmente como la Organización defensiva del Pirineo. Estas series de construcciones militares en la frontera con Francia, inspiradas en la francesa línea Maginot, fueron mandadas construir por Franco para evitar una posible invasión. Para cumplir con su misión, Mariné tuvo que entrar en Francia de forma clandestina en caballos con las patas envueltas en sacos para evitar ser descubierto y poder realizar las labores topográficas que le habían sido encomendadas.

En 1947 retoma su gran carrera en el cine

En 1947, con 27 años, se mudó a Madrid para poder vivir en exclusiva del cine. Desde ese momento trabajó bajo las órdenes de grandes directores del cine español como Fernando Fernán Gómez, Jesse Franco, Antonio del Amo, Edgar Neville, José Luis Sáenz de Heredia, José María Forqué y Pedro Masó, entre muchos otros. También ha rodado para directores extranjeros, como en la coproducción ítalo-germano-hispano-búlgara El último rey de los incas de Georg Marischka. Pero nunca ha mostrado interés por Hollywood, pese a haber vivido en la casa de Orson Welles cuando acudió a dar unas conferencias en la Universidad de California en Los Angéles (UCLA) y haber conocido la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas que otorga los Óscar.

Entre sus numerosos récords destaca haber sido el director de fotografía de la primera película española en Cinemascope, La gata. Además de director de fotografía, Juan Mariné ha sido y sigue siendo un inventor de nuevas técnicas fotográficas y de restauración de películas, otra de sus pasiones. Trabajó en la Filmoteca Española dando vida a viejas películas españolas donde rescató películas que otros daban por irrecuperables.

Juan Mariné goza de una memoria espléndida y es capaz de nombrar los actores, directores y demás profesionales con los que ha trabajado en las más de 150 películas a lo largo de seis décadas, además de múltiples anécdotas de cada película. Solo hay que escucharle para darse cuenta de que ama lo que hace. Lo que sigue haciendo. Porque tras dejar definitivamente la dirección de fotografía en 1990 y seguir como director de restauración cinematografía en la ECAM (Escuela de Cine de la Comunidad de Madrid), tras su jubilación forzosa continúa yendo a trabajar diariamente a la ECAM. La escuela le ha cedido un espacio donde sigue restaurando, inventado e innovando con máquinas que ha construido y reparado él mismo.

Numerosos galardones premian una vida, por muy cliché periodístico que sea, de cine: la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, el Premio Nacional de Cinematografía, el Premio Juan de la Cierva de Investigación, la Espiga de Honor de la Seminci… menos el Goya de Honor, un reconocimiento a su larga y fructífera carrera que espera no recibir nunca porque está “gafado”. Mariné recuerda el lapsus que sufrió Alfredo Landa al recibirlo y el declive que posterior que sufrió un actor con el que trabajó en repetidas ocasiones. Como dice el documental que narra su vida, Juan Mariné es la aventura de hacer cine. Una aventura que ojalá dure muchos años más.

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