Represión fascista en la Sierra de Cádiz: La matanza de El Gastor.

Represión fascista en la Sierra de Cádiz

La matanza de El Gastor

Fernando Romero Romero
Grupo de Trabajo Recuperando la Memoria de la Historia Social de Andalucía (CGT-A)

Pepa Zambrana Atienza
Profesora de Educación de Adultos

Los rebeldes entraron por primera vez El Gastor el 23 de julio de 1936. Los milicianos que guarnecían las entradas, campesinos socialistas y anarquistas mal armados con unas pocas escopetas de caza, no pudieron contener a la columna sublevada procedente de Algodonales y se retiraron hacia la sierra. Al menos cuatro hombres murieron en el tiroteo durante la ocupación del pueblo. El alcalde sindicalista, Miguel Zambrana Atienza, y el militante de CNT Diego Salas Cobo fueron detenidos, acusados de agresión a fuerza armada y trasladados primero a la cárcel de Algodonales y luego a la Prisión Provincial de Cádiz, donde ambos desaparecieron en una de las sacas de septiembre. El pueblo quedó en manos de una Comisión Gestora elegida por los vecinos de orden, con el visto bueno del teniente de la Guarda Civil de Algodonales, que estaba presidida por el ex alcalde lerrouxista Miguel Gamero Ríos.

La columna se retiró sin dejar guarnición militar ni Guardia Civil que protegiese el pueblo y los derechistas que quedaron en él se vieron continuamente acosados por los milicianos republicanos que merodeaban la zona. La presión de las partidas, formadas por milicianos gastoreños, pero también de Ronda, Montecorto y otras localidades del entorno, fue aumentando hasta que a mediados de agosto el personal de derecha tuvo que evacuar el casco urbano. El Gastor se convirtió entonces en tierra de nadie. La gente de derecha estaba refugiada en Algodonales y los de izquierda, temerosos de una nueva incursión rebelde, se quedaron en los ranchos y casas de campo de la sierra en los que se sentían más seguros. Sólo bajaban al casco urbano para sacar comestibles, ropas y cuantos enseres necesitaban de las viviendas de los ricos del pueblo, los labradores y comerciantes que se habían marchado con los golpistas.

La última ofensiva de los sublevados se produjo el 17 de septiembre, el día siguiente a la conquista de Ronda. Esta vez formaban parte de la columna algunos gastoreños que se afiliaron a Falange mientras estuvieron refugiados en Algodonales. Apenas encontraron resistencia. La mayor parte de los milicianos ya había huido hacia la costa de Málaga. No temían sólo la ofensiva militar, sino la sangrienta represión que los fascistas habían desencadenado hacía más de un mes en los pueblos de la campiña que controlaban. Los evadidos del llano que durante agosto y principios de septiembre llegaron buscando refugio en los últimos reductos republicanos de la sierra llevaron con ellos el terrorífico testimonio de la atroz matanza. Los rebeldes encontraron el pueblo casi vacío, la iglesia convertida en almacén, los archivos quemados e innumerables casas con las puertas destrozadas y saqueadas. El comandante militar, el sargento de la Guardia Civil Pedro Fernández Fernández, dio un plazo de tres días para que se presentasen todos los que estuviesen ocultos en el campo. Y la represión comenzó inmediatamente.

La represión

El objetivo prioritario de la represión fascista eran los dirigentes y líderes de las organizaciones de izquierda, pero la mayoría de ellos había escapado. Los dirigentes de la CNT, como Isidro Torreño (a) Juan el Tango y Manuel Barea (a) El Gonzalo, que habían organizado la resistencia, se habían marchado hacia Málaga. Y también habían huido los milicianos que tuvieron alguna implicación en la detención o en el homicidio de los tres derechistas que fueron asesinados durante los meses de agosto y septiembre, y quienes habían tomado parte en la emboscada de El Duende, en la que cayeron varios falangistas y soldados de intendencia. Se quedaron en el pueblo los que creían que no tenía nada que temer por no tener las manos machadas de sangre. Pero se equivocaron. Tenemos constancia de que al menos setenta hombres y mujeres fueron asesinados hasta principios de noviembre, pero los lugareños hablan de más de un centenar. Haber hecho servicios de guardia, intervenir en los registros de las viviendas de los derechistas o simplemente haberse distinguido como sindicalista durante los años de la República podía ser motivo suficiente para ser eliminado.

El sargento Pedro Fernández, a quien la Comisión Gestora municipal otorgó el título de hijo adoptivo de El Gastor en agradecimiento a que con sus “acertadas medidas” había devuelto “la tranquilidad y la calma” fue el máximo responsable de la represión local. Y tras él, gente de derecha que durante la República perteneció al Partido Radical o a Acción Popular y que, tras el golpe, se encuadró en la fascista Falange y en el Requeté carlista. A plena luz del día o amparados por la noche irrumpían armados en los domicilios de los izquierdistas, los secuestraban y se los llevaban sin que las familias volviesen a verlos. De sus propias casas y en presencia de sus hijos se llevaron a José Morales Mariscal, Francisco Sánchez, Jerónimo Valle Mariscal y Salvador Valle Fuentes. A Juan Torreño Gómez lo capturaron en el campo y José Sánchez Martín, que había sido presidente de la Sociedad Obrera Socialista La Aurora, fue detenido cuando volvía al pueblo. Se cuentan atrocidades, como el asesinato del deficiente mental José Povea Roldán (a) Pringo del Babi Largo, el del joven de 17 años Diego Valle Jiménez, que falleció por causa de las torturas recibidas en la cárcel municipal, o el del hombre apodado Canito, a quien castraron atado al ciprés del cementerio.

Aunque muchos fueron enterrados en el propio cementerio de El Gastor, a otros los trasladaron en camión a poblaciones cercanas. Se dice que hay una veintena de gastoreños en la fosa común de Zahara de la Sierra, entre ellos cuatro miembros de la familia Escalante Avilés y Juanillo el Gitano con su mujer, Sebastiana, y un hijo. La noche del 23 de septiembre los falangistas detuvieron a José Fuentes Vázquez y Andrés Alba, los fusilaron en el cruce de caminos conocido como Cuatro Mojones y dejaron los cadáveres en el cementerio de Algodonales. El mismo lugar donde también está enterrado Mateo Mesa Gómez.

Entre los asesinados hubo al menos ocho mujeres. Entre ellas, Josefa Morales Tinoco, Consuelo Valle, Josefa Alba e Isabel Romero (a) La Panita, a la que dejaron enterrada en un majano en los alrededores del pueblo. Remedios Ramírez mordió a uno de los falangistas que la llevaban a rastras al cementerio y le arrancó parte de un dedo antes de que la mataran. En el pueblo se refieren a ella como Remedito la del bocao. Y se cuenta que a Frasquita Avilés, además de asesinarla, la violaron.

El rapado del cabello, la ingesta de aceite de ricino y el paseo por las calles para escarnio público fue una vejación a la que los fascistas sometieron frecuentemente a las mujeres de los rojos. Procesiones de peladas, rapadas y obligadas a recorrer en fila las calles del pueblo mientras evacuaban por efecto del purgante. Entre las alrededor de cuarenta mujeres que sufrieron esta tortura estaban María Torreño, la esposa del concejal socialista Miguel Hidalgo Salguero, y su hija Fraternidad Hidalgo. Fraternidad tenía 21 años y estaba embarazada; quedó ciega por el maltrato recibido y su estado de salud degeneró progresivamente hasta que falleció a mediados de 1938.

La huida

Algunos militantes de organizaciones de izquierda que inicialmente decidieron quedarse en el pueblo decidieron huir cuando vieron que sus vidas peligraban. El anarcosindicalista José Barea Ramírez escapó cuando los falangistas lo llevaban hacia el pueblo después de darle una paliza y Pedro Fuentes Fuentes lo hizo mientras un primo suyo, también falangista, intentaba detenerlo le disparaba. El presidente de Unión Republicana, Juan de Dios Fernández Bonat, consiguió un salvoconducto para viajar a La Línea de la Concepción y logró evadirse a Tánger a través de Gibraltar. La mayor parte había escapado hacia la costa de Málaga y muchos de ellos, militantes de la CNT, se incorporaron en San Pedro Alcántara a la columna miliciana de Pedro López. Otros se encuadraron en los batallones Germanía, Sebastián Faure, Metralla, Ascaso y en las milicias de Izquierda Republicana. Eran tantos los huidos que en enero de 1937, uno de los meses en que más grave solía ser el paro estacional agrícola, el Ayuntamiento informó al gobernador civil: “en esta localidad no existen obreros actualmente en paro forzoso debido a que la mayoría de ellos han huido de esta población encontrándose según noticias en el frente de Ronda”.

La conquista de Málaga por los sublevados en febrero de 1937 los obligó a continuar la huida por las provincias de Levante y Cataluña. Cuando terminó la campaña militar en 1939 había gastoreños dispersos por Andalucía oriental, Valencia, Cataluña, Aragón, Extremadura y Madrid. Algunos cruzaron la frontera francesa y dos de ellos, Miguel Atienza Sánchez y Juan Cabrera Torreño acabaron exterminados en el campo nazi de Mauthausen.

El retorno

Los huidos que retornaron a El Gastor volvieron en dos oleadas. La primera en febrero de 1937 y la segunda a partir de abril de 1939. El tiempo de la gran matanza ya había concluido y la represión se canalizaba entonces a través de la Justicia Militar. Los primeros encausados fueron siete militantes de izquierda que regresaron tras la caída de Málaga. Todos fueron condenados a muerte, pero a cinco se les conmutó por reclusión perpetua (30 años). Los dos ejecutados fueron los hermanos José y Gaspar Moreno Romero (a) Cantarito, que fueron fusilados en El Puerto de Santa María el 5 de octubre de 1937. El sargento Pedro Fernández había declarado sobre uno de ellos: “Cualquier cosa que se diga de esta hiena es verdad y la humanidad tiene que quedar agradecida a cualquiera que suprima a este ser de entre ella”.

También fueron condenados a muerte dos hombres que trataron de evitar regresar al pueblo cuando quedaron copados en Málaga. Juan García Cortés (a) Niño Hermoso, se marchó en ferrocarril a Sevilla, pero fue detenido por la Guardia Civil en cuanto se bajó del tren. Allí fue juzgado y ejecutado. El concejal socialista Antonio Fuentes Torreño (a) Patito, a quien acusaban de organizar la resistencia contra los golpistas en julio de 1936, se dirigió a San José del Valle, pedanía de Jerez de la Frontera, pero lo identificaron y se lo llevaron detenido al pueblo. Lo fusilaron en Cádiz, en los fosos de Puerta Tierra, el 21 de junio de 1938.

Las ejecuciones continuaron. Rafael Sánchez Martín (a) Agustín Carretera fue fusilado en Cádiz en 1939 y el anarcosindicalista José Bocanegra Cabrera en Jerez de la Frontera en 1941. Además de los condenados a muerte hubo decenas de presos políticos. Cerca de medio centenar de gastoreños fueron investigados por la Justicia Militar desde 1939 y veinticinco de ellos fueron condenados a penas que oscilaban entre uno y treinta años de reclusión. Eso sin contar a los que sufrieron varios meses de prisión preventiva antes de que sus expedientes fueran sobreseídos o el tribunal los absolviese. Ni a quienes después de quedar absueltos fueron destinados a batallones de trabajo.

Un pueblo de izquierda

Aquella brutal represión que comenzó en el verano de 1936 no sirvió para regenerar la pequeña sociedad rural de El Gastor. Los asesinatos y encarcelamientos no consiguieron que los ideales de la nueva España calasen ella. En 1943 llegó al pueblo un delegado del Gobierno Civil para investigar una trama de corrupción en la que estaban involucrados el alcalde y el delegado sindical y el retrato que el funcionario franquista esbozó en su informe era demoledor:

“La villa de El Gastor, pueblo de menos de 3.000 habitantes, está constituido en su mayoría por elemento obrero o pequeños propietarios, que poseen cuando más unas parcelas de terreno; la vida se desenvuelve miserablemente y es una de las localidades en que puede asegurarse que hay un 85% o más de elemento de izquierda, dado el ambiente en que se desenvuelven. En el restante elemento de orden y de derechas, existió siempre y existe aún –y probablemente existirá– un afán de política, pero rastrera y baja, solapada, de zancadilla continua, pretendiendo todos encaramarse en los puestos de mando para desde ellos “machacar” valga la frase a los demás, saciar sus apetitos personales sin hacer nada por la localidad. Y sólo con cambiar impresiones con aquellos habitantes, que viven en completo aislamiento, sin telégrafo, teléfono, radio, etc. llega uno a esa conclusión. Hay, pues, una división doble: la de derechas e izquierdas (sin que aquéllas hagan nada por atraerse a éstas); y la existente dentro de la propia derecha.”

El golpe, la guerra y la represión habían conducido a decenas de gastoreños a las tapias de los cementerios, a las fosas comunes, a las cárceles y al exilio, pero la inmensa mayoría de la población seguían siendo hombres y mujeres de izquierda, rojos. Fueron mayoría durante la República y seguían siéndolo durante el franquismo. Lo que había cambiado es que ahora estaban vencidos y sometidos.
 

 

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