La represión franquista en la Colonia Agrícola de Galeón: Punto y final de un sueño colectivista

Cuando en Julio de 1.936 se produjo la sublevación militar contra La IIª República Española, los pobladores de la Colonia Agrícola del Galeón (Cazalla de la Sierra), fundada en 1.918, se encontraban listos para recoger la floja cosecha de cereales de aquel verano. Desde finales de la segunda década del siglo veinte, años en que Galeón había vivido su mejor época, las cosechas no habían hecho sino ir a menos mientras los problemas, tanto los de origen natural: climatología adversa, aumento de las enfermedades de la vid, como los de orden humano: financiación de la deuda, abastecimiento de semillas y herramientas, excesiva presión demográfica, aumentaban en la misma proporción, todo lo cual conducía, de manera ineludible, a un lento deterioro de la comunidad. Los datos recabados del Padrón Municipal de Habitantes, cerrado a 20 de Diciembre de 1.935, nos dicen que por aquel entonces habitaban la Colonia 317 personas, 248 de ellas -142 hombres y 106 mujeres- mayores de 20 años. Entre sus instalaciones comunales contaba con una bodega cuya capacidad de almacenamiento sobrepasaba los 250.000 litros, (92 conos de 200 arrobas), escuela de niños y niñas a cargo de dos maestros con derecho a vivienda y una capilla para el culto religioso.

Como ocurriese con la Aldea de Fábrica del Hierro, la represión desatada por los golpistas contra los habitantes de la Colonia a partir del 12 de Agosto de 1.936, día que las tropas del comandante Gabriel Tassara Buiza tomaron Cazalla, significó sin duda la causa fundamental de la ruina y el despoblamiento irreversible de la misma. Es así mismo innegable que la extrema dureza de la represión ejercida sobre dicha comunidad -nada menos que un 49´5 % de sus habitantes mayores de 20 años, el 85% en el caso de los varones, fue represaliado- tuvo mucho que ver con el odio y la beligerancia que contra estas colectividades agrarias habían desarrollado las derechas durante todo el periodo republicano por cuanto, en sí mismo, éstas representaban para el imaginario conservador de subversión del “orden divino” de la propiedad de la tierra. De ahí el interés de los sublevados en borrarlas cuanto antes del mapa.