Francisco Marín Torrado (1929-2009). In memoriam. Vida y muerte de vencidos

Francisco Marín nació en Salvaleón, localidad del suroeste de Badajoz, en septiembre de 1921. Pasó por diversas escuelas locales hasta que en 1934 inició su vida laboral entrando de aprendiz en una carpintería. Las nociones aprendidas de matemáticas y cálculo, geografía e historia y lengua y literatura le servirían ya para toda la vida, si bien hay que añadir que Marín fue siempre buen lector. De los diversos maestros que tuvo recordaba especialmente a uno: don Tomás Cumplido Lizaso, por lo bien que enseñaba y por la bondad con que trataba a los alumnos.

Cuando a finales de agosto del 36 los fascistas ocuparon el pueblo siguió con su trabajo pero poco a poco las nuevas circunstancias lo fueron cercando. Su vida quedó marcada por una fecha para él imborrable: el 23 de octubre de 1936. Esa noche su madre decidió acompañar a una tía cuyo marido había sido asesinado unos días antes. Él aprovechó para dormir con el padre. Le despertaron los golpes de la madre llamando en la puerta por la mañana. Cuando ésta le preguntó por el padre no supo qué decirle. Estaba solo en la cama. Entonces la madre, sin dudarlo, se dirigió a la cárcel. No encontró al marido y nadie le dio explicaciones. Marchó a casa de una hermana y se cruzó por la calle con varios guardias civiles (siempre que los mencionaba añadía: “Una maldición para todos ellos”) que venían del cementerio. No tardó en saber que uno de los cinco cadáveres de ese día era el de su marido. Sola y sin recurso alguno fue acogida junto con su hijo por una hermana del marido que había enviudado recientemente. Luego los vecinos le contarían que el marido había salido entre dos falangistas que fueron a buscarlo. Éstos eran Silencio ‘El Esquilaó’ y Juanico Bernardo, tras cuyos nombres siempre decía: “Dios los tenga donde merezcan”.

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