Exposición "Todos (...) los nombres". PANEL 14. Represión a las mujeres

(...) Rojas peligrosas, incitadoras de los hombres, a los que empujaban a cometer desmanes, cuando no los cometían ellas mismas, marxistas de exacerbado instinto sexual, según las describiera el psiquiatra Vallejo Nájera, mujeres infernales: individuas de dudosa moral pública y privada (...).

Las mujeres represaliadas desde los tribunales militares, entre 1936 y 1950, fueron acusadas de auxilio, incitación o excitación a la rebelión. Sus delitos: encabezar una manifestación, empuñar una bandera, no practicar con asiduidad los ritos de la religión católica, quejarse de las malas condiciones de vida de sus familias, prestar apoyo a los presos o a los huidos, ser hijas, hermanas o esposas de rojos… A estas actuaciones se sumaron rasgos personales: ser lenguaraces, independientes, ateas, procaces. Era el retrato de las malas mujeres. Frente a ellas, las señoras y señoritas, las mujeres de orden, las buenas cristianas. De ese modo, las llamadas individuas y sujetas fueron castigadas por trasgresoras, con un discurso formado por elementos provenientes de la concepción patriarcal de la mujer y de su rol social, reforzados muy activamente por el discurso de la Iglesia católica sobre la moral y las buenas costumbres.

Esta represión –sufrida por mujeres de entre 20 y 40 años, casadas o viudas, con hijos, sin instrucción y de profesión sus labores– tuvo como objetivos básicos redibujar el modelo tradicional de mujer y seguir golpeando a los vencidos. Con los hombres presos, huidos, muertos o desaparecidos, su encarcelamiento sumía a los hijos en el abandono a la vez que se intentaban quebrar los apoyos a los presos y a la guerrilla. Otro tipo de represión específicamente femenina fue el rapado, la ingesta de aceite de ricino, la violación y la exposición a la vergüenza pública y la humillación.

Nuestros valientes legionarios y regulares han enseñado a los rojos lo que es ser hombres. De paso, también, a las mujeres de los rojos; que ahora por fin han conocido a hombres de verdad, y no castrados milicianos. Dar patadas y berrear no las salvará. (Queipo de Llano. 23 de julio de 1936. Radio Sevilla).

Los vencedores realizaron actos vejatorios sobre las mujeres, considerando sus cuerpos como botín de guerra. Actos cargados de un gran valor simbólico, por los que se las depuraba de virilismo; la ingesta de aceite de ricino o el rapado eran un modo simbólico de llevar a cabo dicha depuración, mostrando a la sociedad el castigo que sufrían quienes, al comportarse como hombres, debían ser despojadas de algunos de los atributos femeninos más importantes, el pelo y el decoro. El acto bárbaro de la violación venía a demostrar de manera contundente el poder incuestionable de los vencedores. El silencio de las víctimas nos habla, todavía hoy, de la eficacia de la represión.

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