Antonio Ruiz Quiles, fusilado en 1936

Cuando decidí que era el momento de buscar y localizar a mi abuelo, pensé únicamente en lograr información sólo relacionada con él. Cuando conseguí, con mucha ayuda, saber lo que le pasó durante el otoño de 1936, dejé de pensar exclusivamente en él y en intentar una visión global de lo que vivieron mis dos abuelos, él y ella, durante este tiempo.

Mi abuelo se llamaba Antonio Ruiz Quiles, tenía 33 años cuando murió fusilado en Sevilla. Mi abuela, Rosario Romero Acuña, se quedó viuda con 30 años, y cuatro hijos de edades comprendidas entre los 6 años y los 9 meses. Ella moriría 64 años después. La recuerdo siempre vestida de negro, y jamás la vi vestida de otro color que no fuera ese. Tal vez, independientemente de las tradiciones relacionas con el luto, fue la manera de que permaneciera en ella vivo el recuerdo de mi abuelo, de una forma externa. Tal vez fue la única concesión que se permitió durante las seis décadas posteriores, donde impuso en su vida y en la de sus hijos la Ley del Silencio, una Ley que aún pervive en ellos como si el tiempo no hubiera transcurrido.

Desde pequeña siempre pregunté por él. Siendo niña no entendía que existieran sólo tres abuelos, dos de mi madre, y una abuela por parte de padre, que nadie hablara de él y que de vez en cuando, ante mis insistentes preguntas, me dijeran en voz baja, murió en la guerra. Y yo preguntara, ¿en qué guerra?, ¿ Por qué?. Y siempre, todos los mayores, me decían que no debía preguntar por ello, que no se podía hablar de esas cosas. Que en casa no se podía hablar de política.

Crecí siempre pidiendo explicaciones, pero nunca encontré respuestas. Hoy se, en 2007, setenta años después, que todos sabían lo que ocurrió, pero lo silenciaron. Hoy sé que mi abuela siempre tuvo todos los datos de lo que aconteció en esos meses del año 36 y que se fue con su verdad a la tumba.

Meses antes de la muerte de mi abuela en el año 2.000, cuando estuvo ingresada durante dos meses y medio en el hospital de San Lázaro en Sevilla, la visitaba casi a diario e intenté, como siempre, que me hablara de su marido. Sólo conseguí que me dijera que era un hombre guapo, moreno, muy alto, simpático y culto, al que le gustaba cantar y bailar. Que se conocieron en un baile.

También recuerdo una pequeña anécdota a la que he dado sentido una vez he podido localizar los datos que ahora se. Iba en el autobús de la línea de Alcalá del Río, desde Sevilla al pueblo de mis abuelos primero, y luego mío después. Estaba con mi abuela y ese día me dijo “ahí está tu abuelo”. Pasábamos por delante de la tapia del cementerio de San Fernando en Sevilla. Siempre pensé que me lo dijo para que me quedara tranquila, para que no preguntara más. Era como decirme los muertos están en los cementerios, no preguntes más.

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