José Lorite Galindo

Teniente del Ejército de la II República. 76 Brigada Mixta

Nace el veintiséis de Abril de mil novecientos quince, en Arquillos, provincia de Jaén. Hijo de Ramón Lorite Clemente y Ana María Galindo Muñoz. Fue el tercero de cinco hermanos.

A través de sus memorias, que él mismo ha ido elaborando, a puño y letra, nos llega una información muy valiosa de cómo se desarrollaba la vida en el campo, la explotación infantil y las inhumanas condiciones de trabajo y abusos, a los que eran sometidos los jornaleros del campo y los trabajadores en general, antes de la proclamación de la II República, los avances que se produjeron en poco tiempo una vez instaurada, pasando por el golpe de estado, la guerra y el retorno a la falta de libertades, la precariedad y la miseria.

Anterior a la II República, las condiciones de trabajo del jornalero del campo, eran insultantes. Como ejemplo, el padre de José, que no sabía ni leer ni escribir, trabajaba como casero en un cortijo llamado Sierra del Acero, en Jaén. Su trabajo consistía en llevar adelante todas las faenas de la casa, de los campos, de los animales, preparar la comida, etc, durante quince días seguidos, día y noche, sin ver a su familia, sin descanso y sin límite de jornada, disponiendo solo de cinco horas para dormir. El sábado de la segunda semana, a las cuatro de la tarde le daban permiso para ir a su casa, hasta el lunes a la una del mediodía. Tenía que andar cuatro horas a pie hasta llegar a su casa.

Dormía en una especie de hueco debajo de una escalera en un saco de paja sin más mobiliario que dos clavos en la pared para colgar la ropa y el candil y un tronco para sentarse. Este era el sistema de trabajo y los derechos que tenían los trabajadores…Ganaba cuarenta y cinco pesetas al mes.

Su madre, analfabeta como él, trabajó de sirvienta a cambio de la comida desde los doce años, hasta que se casó.

Tanto José como sus hermanos tuvieron que trabajar desde pequeños, cosa bastante habitual en la época, dada la miseria en la que se vivía. El sueldo del padre no llegaba para comer y cada uno tenía que aportar con su trabajo lo que pudiera. Sus hermanas Rafaela y María, se tuvieron que poner a servir a los diez años en Úbeda.

Nos cuenta como su madre, tenía que trabajar en la recogida de la aceituna, llevándolo a él en brazos:

”Mi madre, cuando yo tenía ocho meses, me tenía que llevar con ella a trabajar todo el día en la recolección de la aceituna. A mi me liaba en una toquilla, me colocaba en una espuerta, y con una cuerda, ataba las asas de la espuerta a las ramas de un olivo como si fuera un columpio. Me daba de mamar, me mecía y así calentito, me quedaba dormido para que ella se pudiera ir a hacer su faena”.

José no pudo ir a la escuela, y desde bien pequeño trabajaba en el campo para traer comida a casa. Con siete años empieza a ganar sus primeros jornales en la recogida de la aceituna con su madre:

“Me admitían en los tajos que trabajaba mi madre y me daban un jornal diario de cuarenta céntimos, porque se apiadaban de nosotros. A mi madre le pagaban a una peseta diaria”.

Con nueve años entra a trabajar con su tío, cuidando vacas, junto con otro niño que trabajaba en lo mismo:

”Pasábamos toda la noche en el campo con las vacas y regresábamos por la mañana muy temprano, así tenían tiempo de ordeñarlas y vender la leche. A mí no me pagaban, solo me daban la comida, y como una cosa especial, a mi madre, de vez en cuando la compensaban con algunos garbanzos, aceite, pan, judías secas y lentejas”.

Más tarde lo colocan a trabajar con otro tío suyo recogiendo higos, y clasificando los que eran para los cerdos, y los que eran para vender.

Todavía con nueve años, entra a trabajar en una mina de plomo a quince kilómetros de su casa:

“Con un sueldo de un real con cincuenta al día, tenía que salir de mi casa a las siete de la mañana y recorrer los quince kilómetros, para estar en la mina a las nueve”.

Con diez años, lo contratan para trabajar de porquero, por un real (veinticinco céntimos de peseta) al día y la comida. Nos refiere como era de humillante el trato que recibían los niños sin recursos, al servicio de la gente pudiente:

”Llegó la hora de la comida y la señora Encarna puso la mesa donde se colocaron los cuatro de la familia. Yo observaba cohibido, que la mesa quedaba ocupada y que no había sitio para mí. Esperaba en silencio y humildad la orden de donde me sentaría para comer. La mujer cogió un plato de garbanzos, me dio una sillita pequeña y me dijo con voz autoritaria: mientras estés con nosotros, este será tu sitio para comer”.

Lo colocó en una esquina de la cocina, al lado del fuego, con la excusa de que allí pasaría menos frío.

Dormía en una esquina de la cuadra, sobre un saco de paja y un pellejo de oveja. Su tarea consistía en levantarse muy temprano para limpiar las pocilgas, cuidar de los cerdos y vigilar los sembrados todos los días, bien temprano y pasando mucho frío.

A estas condiciones de explotación infantil se añadía la discriminación y la forma en que la gente de más posición, consideraban como inferiores a los campesinos, por el solo hecho de haber nacido sin recursos:

”Después de cenar, el abuelo, que había sido sacristán, daba lecciones al nieto que era de mi edad. Yo, que tenía tantos deseos de saber, desde mi sillita, sentado al lado del fuego, me comía la envidia. De buena gana hubiera participado, pero alguna vez que me acerqué, el abuelo se incomodó y me ordenó que me sentara, que yo no tenía nada que ver con lo que ellos estaban haciendo. Obedecí, me senté, y por mi mente pasaron sentimientos de odio al pensar que aquel abuelo, que había sido sacristán, era muy poco humano y mal cumplidor de la obligación del Señor que dice que hay que enseñar al que no sabe"

“Yo, sabía que era un niño ignorante, y que tenía que buscar un medio para dejar de serlo, así que cuando cada quince dias me daban permiso para ir a mi casa y cambiarme de ropa, compré un abecedario que llevé en mi bolsillo siempre y me dediqué a preguntar a las gentes que encontraba en los campos, como se llamaban aquellas letras y así pude dar comienzo a mis primeros deseos y ansias de dejar de ser ignorante”.

“En el cortijo, en cuanto salía el sol, daba el resplandor en los cristales, pero yo, ya estaba levantado desde al menos una hora antes…”

Buscaba espárragos en el campo, que llevaba a escondidas a su madre, cada quince días, cuando podía ir a su casa. Su madre vendía una parte y la otra la consumían.

Concluye su trabajo en el cortijo, vuelve a su casa y sigue trabajando en el campo para traer comida a la casa. Recogía fruta, trigo, cebada y legumbres que quedaban esparcidas por el campo, después de la recolección.

Trabaja también como jornalero en la recogida de la aceituna, en las más miserables condiciones de trabajo, que lo único que les proporcionaba era poder comer.

Con doce años lo colocan en un cortijo, como ayudante del casero, cobrando dos pesetas con veinticinco al día, en una jornada laboral que comenzaba a las cinco de la mañana y acababa a las doce de la noche, teniendo eso si, el “derecho” de volver a su casa de permiso cada quince días (como era habitual) para cambiarse de ropa y ver a su familia.

Van pasando los años y a los dieciséis años (1931), se hace eco de las lamentaciones de los jornaleros que trabajaban con él:

”La gente con la que convivo, se queja del sistema capitalista, de la monarquía y de la esclavitud a la que el trabajador está sometido. Empiezo a poner oído y cuando alguno de los trabajadores traía un periódico, yo, que ya sabía leer, leía ciertos artículos que alentaban a cambiar el régimen monárquico por una República, y la necesidad de que todos los trabajadores estuvieran unidos para fomentar la lucha obrera”.

“El ocho de febrero del treinta y uno, el gobierno Berenguer, convoca unas elecciones generales, y ante la negativa de los partidos republicanos, a acudir a las urnas bajo una dictadura, el día catorce dimite Berenguer y se hace cargo del gobierno, como jefe nominal, el almirante Aznar, siendo realmente el que dirigía Romanones, con el último gabinete monárquico. El doce de abril de treinta y uno, se convocan unas elecciones municipales, que los republicanos consideraron como un claro plebiscito. Ante el triunfo arrollador en toda España de los republicanos, al día siguiente, los miembros del comité político revolucionario, hicieron público un manifiesto, pidiendo al rey que abandonara España, proclamándose la segunda República el día catorce de abril de mil novecientos treinta y uno”

A partir de aquí, es sabido de los avances sociales que se produjeron en la Segunda República, pese al poco tiempo que duró. Ejemplos son, el dotar de derechos a los trabajadores y legislar los horarios de trabajo, la reforma agraria, la laicidad del sistema, el divorcio, la escolarización y el intento de culturizar a un pueblo completamente analfabeto, las leyes de igualdad, el derecho a voto femenino, el fomentar la inversión en investigación científica, el proyecto de la seguridad social, que no se pudo terminar de llevar a cabo, y un largo etc…en definitiva, intentar mejorar las condiciones de vida de un pueblo sometido al caciquismo, la explotación, la semiesclavitud y el control total por parte de la jerarquía católica, que estaba de acuerdo con que el pueblo fuese analfabeto, para así poder ejercer ese control más cómodamente, siempre, por supuesto del lado del poder opresor.

José explica así el sentir de la gente:

“Con esta forma de gobierno, toda la clase trabajadora, obtuvimos mejoras salariales inmediatas. Mi salario era de dos pesetas con veinticinco, fue aumentado a cuatro con cincuenta, el doble. Con este sueldo ya se podía vivir mejor. Los trabajadores estábamos muy contentos, aunque la burguesía no lo estuviera tanto”.

En el año treinta y dos, con diecisiete años, entra a trabajar de mulero donde trabajaba su padre. Este trabajo consistía en hacerse cargo de dos mulos “a yunta” para trabajar en el campo. Dormía en la cuadra, en un jergón de paja, reponiendo cada dos horas la comida y el agua a los animales durante toda la noche. Así eran las cosas, y este sistema de explotación era lo que se intentaba mejorar con la llegada de la República y la formación de los sindicatos.

“Yo, desde que entró la segunda República, dada mi condición de asalariado, pertenecía a “La casa del pueblo”, afecta a la Unión General de Trabajadores, que era donde los trabajadores podíamos hacer uso de los derechos que el gobierno concedió por decreto a los trabajadores asalariados”.

Cuando comienza el golpe de estado franquista, José Lorite cuenta con veintiún años, y viendo como avanzaban los golpistas, con la ayuda de las tropas de Mussolini, la legión Cóndor enviada por Hitler, que no era un simple apoyo logístico, sino un ejército con autonomía propia y armamento sofisticado, elemento clave en la destrucción de las defensas republicanas, y del salvajismo empleado por regulares marroquíes, que tenían carta blanca para cometer toda clase de atrocidades, decide alistarse al ejército popular como voluntario, para defender al gobierno republicano, en un batallón formado por setecientos hombres.

”…como las fuerzas de Franco, compuestas en su mayoría por mercenarios marroquíes, avanzaban arrasando y matando sin piedad, a todo ser viviente que no estuviera identificado con el fascismo, la clase obrera tuvo que lanzarse a la guerra, agrupándose en grupos que se denominarían milicias. En esos grupos me enrolé yo, como voluntario, para marchar al frente de guerra y en septiembre del treinta y seis, nos incorporamos para luchar por la libertad, a pesar de que Franco ganó la guerra”

Se lleva con él al frente libros para continuar con su labor de aprendizaje:

“Ya que mi cultura era muy deficiente, tenía que hacerme de libros que me orientaran, así que mi equipaje durante esta larga campaña, se componía además del armamento y la munición, de un tomo de enciclopedia del profesor Dalmau Carles, primero y segundo grado profesional. Con ellos y mis deseos de saber, fui capacitándome para ascender a cabo, sargento y teniente. Los dos primeros nombramientos, fueron inscritos en los boletines del ministerio de la guerra, cuando el gobierno de la República se encontraba en Barcelona, pero el de teniente, no tuvo tiempo de ser publicado, debido al tiempo que transcurrió desde la salida de la brigada a la llegada a Barcelona”.

Los mandos se forman según el nivel cultural, de cada uno. El capitán de José, se llamaba José Garrido y además de ser maestro de escuela era amigo personal suyo.

Cuenta que en el frente, por la noche se daban cursos para ascender de grado, cosa que aprovechó para ver satisfechas sus ansias de culturizarse, y de paso subir de categoría militar.

Este capitán, lo escoge para hacerse cargo del suministro de la compañía con el cargo de cabo.

Pasado un tiempo, asciende a sargento y pasa a hacerse cargo del suministro de todo el batallón, que recogía en el pueblo de Martos, en Jaén, donde conoce a su actual esposa, María Castellano Toronell. Contraen matrimonio el quince de abril de mil novecientos treinta y ocho, en plena guerra civil. Su sueldo era de cuarenta y cinco pesetas al mes.

Conviven en una casa junto con otro compañero sargento, llamado Albarado y su esposa Rosita. Explica que a pesar de todo viven momentos de felicidad, junto con la pareja de amigos, con la que entablan una gran amistad.

A principios del año treinta y nueve, recibe el nombramiento de teniente, y debe desplazarse a la escuela popular de guerra de Paterna: “Mi esposa María, estaba embarazada, de una preciosa niña que nació el seis de Abril de mil novecientos treinta y nueve, a la que llamamos Anita.”

Poco después, el veintinueve de Abril, termina la guerra, y en la escuela de Paterna les dan el aviso de “sálvese quién pueda”. Se ve obligado a mezclarse entre la multitud ante el peligro de ser asesinado por los fascistas, y sobre todo por el ejército moro, que según multitud de testimonios, actuaban de una forma salvaje. Llevando en el bolsillo el nombramiento de teniente y el salvoconducto, y ante el peligro de ser descubierto, entra en un bar y los tira por el retrete, sin darse cuenta de que no se había deshecho por error del salvoconducto, que todavía hoy conserva.

Sus datos como militar del ejército republicano figuran en el Archivo general de la guerra civil española, en Salamanca, en el diario oficial del ministerio de defensa, del año mil novecientos treinta y ocho, número noventa y seis, página doscientos cincuenta.

Estuvo dos días deambulando por las calles sin saber a donde ir y sin comer, y llega a sus oídos que en la plaza de toros se concentraban muchos grupos dispersos del Ejército Republicano. Se dirigió hacia allí y se encontró con un panorama desolador. La plaza estaba a rebosar de gente, sin comida ni bebida, hacinado durante días, subsistiendo gracias a las personas que desde la calle les lanzaban comida por encima del tendido. Era una cárcel improvisada, de las muchas que se habilitaron en las plazas de toros de muchos puntos de España:

“Un día entraron muchos soldados, fusil en mano y dijeron que saliéramos en fila de a dos hacia la calle, donde nos esperaba una larga fila de camiones que fueron llenando de carne humana, y nos llevaron a una extensión de tierra rodeada de alambradas que después supimos que le llamaban campo de concentración”.

Comenzaron a pedir informes de los detenidos a los pueblos, que clasificaban en tres grupos con el calificativo de afecto al régimen, desafecto o indiferente, y eran puestos en libertad o llevados a la cárcel. Los indiferentes eran llevados igual al campo de concentración, durante un tiempo, se supone que con la intención de asegurarse de que no representaban ningún peligro.

José se libró de ser desafecto, ya que con acierto, dio los datos de Arquillos, que era donde nació, y no los de Úbeda, que era donde vivía, y donde estaban los informes que le habrían llevado a la cárcel, a algún campo de concentración o a alguno de los batallones disciplinarios (BDST) para trabajar como esclavo, o directamente ser fusilado. Cualquiera de estas opciones era el destino de un militar republicano y encima con rango de teniente.

Aún así, pasó veinte días en el campo de concentración, hasta que pudo regresar a su casa conociendo a su primera hija, que contaba con poco más de un mes de edad.

Cuando Franco dio la orden de que varios reemplazos de jóvenes incorporasen al ejército, llaman a José para que se presente en el cuartel de Pineda en Sevilla. Reclutaron a unos mil quinientos, de los cuales aproximadamente la mitad habían luchado contra Franco.

En sus aspiraciones por aprender, se llevó con él los libros que le sirvieron para estudiar durante la guerra y cuando los demás tenían permiso por las tardes para pasear, él se quedaba estudiando. Véase el nivel cultural de los militares franquistas:

“…yo no tenía ganas de paseo, y me quedaba en el cuartel a estudiar. Me gustaban mucho las matemáticas y conseguí unos conocimientos muy avanzados”.

“Una tarde, se acercó un sargento para preguntarme bastante autoritario, qué era lo que hacía que no salía como los demás, y yo le respondí con mucha humildad, que estudiaba y le tuve que enseñar como resolvía algunas ecuaciones de álgebra. Se sorprendió y me insistió en que le explicara que significaban esos garabatos, según él. Total, que no se enteró de nada, pero a los pocos días le dijo que había un puesto en el departamento de filiaciones para mí. Yo le dije que no quería ser un machacante y que no me utilizasen para eso”.

En ese puesto aprovechó para aprender a escribir a máquina.

Su batallón se traslada a Jaén y dado el nivel cultural que había adquirido, lo colocan como sargento de transmisiones. Allí aprende el Morse.

Conoce a tres amigos que tenían sus mismos sentimientos, y hablaban a escondidas de la situación en la que se estaba sumiendo España, de cómo se llevaban a los cautivos en pequeños grupos por la noche para ejecutarlos, las llamadas “sacas” de presos condenados a muerte:

“…los tres estábamos en contra de la explotación del capitalismo y del asesinato en masa de las personas, que se estaban produciendo fuera y dentro de las cárceles franquistas. Allí nos conocíamos todos bien, y supimos que todas las noches mandaban a un pelotón de soldados a las órdenes de un sargento, para ejecutar a los presos. Aquella circunstancia nos tenía sumidos en el pánico. Mis amigos eran Ángel Segura Montiel y Tomás Gallardo Ballestas”.

Gracias a las amistades del padre de Ángel Segura, no fueron enviados a los pelotones de ejecución y fueron trasladados al juzgado eventual de plaza de ordenanza de un tal Comandante Romero, que a su vez lo puso a las órdenes de un sargento llamado Carrillo.

“En aquella oficina se recibían de los pueblos de Jaén, los llamados exhortos, que denunciaban a personas que en algún momento habían tenido algún conflicto con personas de derechas. Este sargento diligenciaba el exhorto, para que el comandante que hacía de juez, los condenara a la pena que creyera conveniente”.

El sargento Carrillo se marcha en una división hacia Alemania en la guerra europea, y Lorite ocupa su puesto, lo cual le facilita el seguir aprendiendo a escribir a máquina.

Por aquel entonces, ya tenía dos hijas, Anita y Pepita y se trajo a su familia cerca de donde él estaba.

Al ser secretario del citado comandante Romero, entra en contacto con la esposa de este señor, y eso proporcionó trabajo a su mujer que era modista y comenzó a trabajar para esa familia.

En aquel momento, el buscar trabajo se convirtió en una tarea muy complicada, ya que se pedían informes de comportamiento correcto con la causa, y cualquier circunstancia, tiraba para atrás con las posibilidades de poder trabajar:

“Anunciaron la convocatoria de oposiciones para ingresar en la RENFE. Había que presentar una solicitud, acompañada de un certificado de buen comportamiento la guardia civil, otro del ayuntamiento y otro de la falange”.

“Yo sabía que me sería muy difícil, porque la clasificación política que me habían dado, era de indiferente, y solo admitían solicitudes de afecto a régimen”.

Pidió ayuda al comandante, y se la negó. Entonces, recurrió a la esposa, y gracias a esta señora, el comandante cedió y se ocupó de los trámites para que José pudiese presentar la solicitud.

Este tal comandante Romero siempre sospechó de José, porque no se podía explicar que tuviese tantos conocimientos, siendo que constaba como que trabajaba en el campo. De todas formas José Lorite siempre comenta que en aquel momento, la gente inteligente y progresista normalmente era de izquierdas, y la gente de poca inteligencia solía apuntarse a la falange, se supone que porque así creían que eran más importantes y se sentían con más poder, y el poder es bien sabido que corrompe.

Aprueba las oposiciones y por fin entra en la RENFE como eventual. Nace su tercera hija, Francisca. Sigue presentándose a todas las convocatorias para subir de categoría hasta que finalmente, después de tener varios destinos de trabajo y llegar a la categoría de jefe de tren, acaba en Barcelona en mil novecientos setenta y dos, jubilándose después de treinta y ocho años de trabajo en mil novecientos ochenta.

En mil novecientos ochenta y seis, recibe el reconocimiento y la compensación económica que marcó el gobierno socialista, a los militares que lucharon en la defensa de la República.

Hoy, en el dos mil siete, cuenta con noventa y dos años. Terminó de escribir sus memorias hace un año de la siguiente forma:

“Hoy día veintitrés de septiembre del dos mil seis, tengo más de noventa y un años. Con un sueldo de novecientos sesenta y cuatro euros con ochenta y cinco, apenas me puedo valer. Mi esposa está en una residencia con Alzheimer y yo estoy al amparo de mis hijas, una temporada con cada una, que son muy buenas con nosotros”.

“Los últimos años de mi vida los estoy pasando muy mal. Tengo una minusvalía de un ochenta por ciento y trato de buscar un apoyo para mejorar mi situación humana, pero no consigo nada. He trabajado desde los siete años hasta los sesenta y cinco”.

Fuente: http://www.memoria-antifranquista.com/

Primer apellido: 
Lorite
Segundo apellido: 
Galindo
Nombre: 
José
Municipio: 
Arquillos
Provincia: 
Jaén