Antonio Otero Seco

En la biblioteca de la sección de español de la Universidad de Rennes se puede leer una placa que dice así: “Antonio Otero Seco, español, liberal, republicano, nacido en 1905, fue poeta, periodista y crítico literario; exiliado en 1947, enseñó español desde 1952 en esta Universidad y murió en 1970 de nostalgia y lejanía”. Dicha Universidad bretona publicaba el año 1971 el volumen Hommage à Antonio Otero Seco (Rennes, Centre d’Ètudes Hispaniques, Université de Haute Bretagne) para honrar la memoria del profesor recién desaparecido. En dicha obra colaboraron conocidos autores franceses y un importante elenco de firmas españolas entre las que figuran nombres como los de los exiliados Victoria Kent, Jesús Izcaray, o Ramón J. Sender, junto con numerosas personalidades del interior, con las que el finado mantenía relaciones epistolares: Carmen Conde, Ana María Matute, José Corrales Egea, Miguel Delibes, Francisco García Pavón, Ángel María de Lera o el propio Camilo José Cela, en cuyos Papeles de Son Armadans había publicado Otero, que también consiguió ver artículos suyos en Ínsula o Revista de Occidente.

De Antonio Otero apenas quedaba noticia en Extremadura, aunque su nombre aparece ya en la introducción que su autor pone a uno de los libros más famosos de nuestra Comunidad. Me refiero al Cancionero Popular de Extremadura, obra en dos volúmenes, aparecida en 1932 y múltiples veces reeditada. Bonifacio Gil, que la compuso tras notables esfuerzos, incluye en la relación de gratitudes a los escritores extremeños Valeriano González y Antonio Otero Seco. Este último sí era por entonces conocido en Badajoz, pues aquí había publicado sus novelas El dolor de la vejez (1925), La tragedia de un novelista (1926) y La amada imposible (1926) —no he conseguido localizar ejemplares de las mismas— a la vez que colaboraba habitualmente con la prensa regional, especialmente en los periódicos el Correo Extremeño, La Libertad y Nuevo Diario de Badajoz (que, por cierto, nada tenía ya que ver con el antiguo periódico masónico del mismo nombre, anatemizado en su día por el Obispo de la ciudad, pero de la que se guarda colección en la hemeroteca de la Real Sociedad de Amigos del País de Badajoz).

Había nacido en un pueblecito de la Extremadura profunda, Cabeza del Buey, próximo a Castuera, donde estuvo la sede del Gobierno republicano de la Región durante la tristemente famosa “Bolsa de Extremadura”. Allí Frente Extremeño, fue periódico de trinchera en el que publicase algunos poemas Miguel Hernández, que visitó la zona (1927) como comisario de cultura. (En Castuera construirían después los militares franquistas un temido campo de concentración). Otero estudió bachillerato en el Instituto de Badajoz, cuya cátedra de Psicología, Lógica y Ética regentase durante casi medio siglo Tomás Romero de Castilla. Krausista confeso, el mencionado filósofo sostuvo arduas polémicas en los periódicos de la Región, no pocas recogidas después como libros. Don Tomás defendió abiertamente la posibilidad de ser masón o krausista sin dejar de ser católico. Salieron a refutarle hombres como Ortí y Lara, catedrático de la Complutense, o el canónigo, después obispo, Fernández Valbuena. Nos ocupamos de este apasionante asunto en nuestra tesis doctoral, publicada por la Universidad de Extremadura. Algunos de estos debates los recogería el Diario de Badajoz, órgano oficioso de la Masonería Extremeña.

Antonio Otero no pudo ser alumno de Romero de Castilla, recién fallecido cuando él llegó al Instituto pacense, pero tal vez utilizó los textos, impregnados de ideas krausistas, que dicho krausista escribió para los jóvenes estudiantes. (Romero de Castilla tuvo dos hijos masones, Francisco (n.s. Pablo) y Tomás (n.s. Krause). Wenceslao, hijo del primero, nieto por tanto del filósofo, fue fusilado el 16 de septiembre del 36 delante las tapias del cementerio de Mérida).

Otero estudió Derecho y Filosofía y letras en las Universidades de Sevilla, Granada y Madrid, donde escuchó las lecciones de Julián Besteiro, a quien profesaría admiración indefectible. Pero la auténtica vocación de Otero fue siempre el periodismo (combinada más tarde con la docencia universitaria). Escribió para el Correo Extremeño, La Libertad (Badajoz) o los madrileños El Sol, La voz, Estampa, Diario de Madrid y el Heraldo de Madrid, entre otros. Después, ya en el exilio francés, su firma aparecerá en numerosísimos diarios y revistas de diferentes países europeos y suramericanos. Por su especial relevancia recordaremos sus artículos en Le Monde y Les Temps Modernes, la famosa publicación de Jean Paul Sartre. A veces utilizó seudónimos, como los de Antonio de la Serena, Luis Herrera, Ángel Ortiz o Eduardo Valverde Gávez. Ya póstumo apareció el libro A. Otero Seco, Obra periodística y crítica. Exilio 1947-1970 (Rennes, Université de Haute Bretagne, 1972). Una muestra antológica de sus escritos se acaba de recoger en Antonio Otero Seco, Obra periodística y literaria (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2008). Se trata de dos hermosos volúmenes, que conforman entre ambos casi mil páginas, y cuya edición, introducción y notas han corrido a cargo de los profesores extremeños Francisco Espinosa y Miguel Ángel Lama. De esta publicación nos declaramos deudores, así como del trabajo de Mario Martín Gijón, “Antonio Otero Seco, escritor desterrado y mediador intelectual entre el exilio y el interior”, recogido por la Revista de Estudio Extremeños (Badajoz, LXIII, 2007, pp. 1169-1184), publicación que tuve el honor de dirigir diez años.

Durante la guerra, Otero permanece en Madrid, colaborando con periódicos de variadas tendencias, como Mundo Obrero, Frente Rojo, Levante y CNT y, más que ninguno, Mundo Gráfico, para los que escribe reportajes sobre la situación en distintos frentes, sobre todo en el de la propia capital. De ideología indiscutiblemente republicana, el extremeño, afiliado a la UGT, no se identificaba con ninguno de los partidos de la izquierda que defiende con su pluma. (Presumió siempre de no haber apretado nunca un gatillo). Amigo de Miguel Hernández, fue seguramente el último periodista que entrevistó a Lorca, en Madrid, antes del fatal viaje a Granada. El artículo “Una conversación inédita con Federico García Lorca. Índice de las obras inéditas que ha dejado el gran poeta” fue el fruto de aquel encuentro, que nuestro autor no quiso publicar hasta que el asesinato del granadino fue ya un clamor (Mundo Gráfico, 27 febrero 1937). El volumen II de la obra antes indicada recoge numerosos testimonios gráficos de las actividades de Otero en el Madrid asediado, como diferentes fotografías junto con los generales Miajas y Rojo. Sus influencias le permitieron salvar la vida a más de uno que, sin la intervención del extremeño, la habría perdido en alguna de las temibles “sacas”.

Otero, que, según dije, muy joven había publicado algunas novelas, escribió junto con el comandante Elías Palma Ortega la narración-reportaje Gavroche en el parapeto (Madrid), una calurosa defensa de las actividades milicianas. El coautor (Huelva, 1891) fue secretario provincial del PSOE onubense y, como miembro de la Masonería, utilizaba el simbólico de “Gavroche”, en claro homenaje a Víctor Hugo. De la muy extensa dedicatoria del libro cabe destacar estas invocaciones: “A los Milicianos del Pueblo Español; a los hijos del Pueblo Español que han de vencer en esta guerra por encima de todos los obstáculos que se presenten. Al Miliciano hermano, al camarada querido, va este libro también. Al pueblo de Madrid, crisol de heroísmo, espejo de entereza, vivo ejemplo de amor a la Libertad. Al pueblo más formidable del Mundo, al más heroico, al más valiente. Al heroísmo callado de la Mujer Española. A las lágrimas de las Madres, de las Hermanas, de las Novias, de las Compañeras, de todos nuestros camaradas caídos para siempre, defendiendo la integridad de nuestro suelo frente al extranjero invasor”. No hace falta seguir para comprender que dicha obra figurase después como testigo de cargo contra Otero.

Frecuentaba también la poesía. En la obra, ha poco publicada, La generación de 1936. Antología poética. (Estudio y edición de Francisco Ruiz Soriano. Cátedra. Letras Hispánicas, Madrid, 2006) se le incluye junto a nombres como los Miguel Hernández, Luis Rosales, Dionisio Ridruejo, Herrera Petere, Pablo García Baena o Juan Gil Albert.

Terminada la guerra, Otero fue condenado a muerte tras ignominioso proceso, del que él mismo ha contado detalles casi surrealistas. Conmutada varias veces la pena, pasa por los penales de Porlier y el Dueso, antes de salir con libertad atenuada el 1941. Colabora entonces en el semanario Misión, en el que escribe una serie de biografías históricas bajo el rótulo de “Claros Varones de España”, firmando con el seudónimo de Luis Herrera, por tener prohibido utilizar su nombre. Igualmente escribe dos obras teatrales en verso (La eterna enamorada, El Rey de Oros) que fueron estrenadas en Madrid y Barcelona a nombre de un amigo suyo no depurado, Manuel Ortega Lopo, quien no reconoció la autoría del extremeño.

Poco tardó éste en tomar contacto con la resistencia antifranquista, lo que le comportará nuevas detenciones. Él mismo narró estas peripecias en “Dans les prisons d’Espagne et dans la clandestinité” (Les Temps Modernes, nn. 79-80, abril y junio de 1952, pp. 2054-2069 y 2268-2287), tras haber conseguido evadirse a París rocambolescamente (al parecer,vestido de cura). Tras ejercer numerosas profesiones, sin abandonar sus relaciones con el exilio (fue secretario de “Alianza Republicana” y del “Comité Nacional de Resistencia”, colaborando estrechamente con Ibérica, la revista dirigida por Salvador de Madariaga y Victoria Kent), el año 1952 comienza a enseñar en la Université de Haute Bretagne. Hasta 1956 no pudo reunir junto a él a su familia (mujer y tres hijos), que habían quedado en España. Desde 1967 fue crítico literario de Le Monde des Livres, donde dio a conocer lo mejor de la literatura española contemporánea, hasta su fallecimiento en Rennes, el 29 de diciembre de 1970.

En una carta a Miguel Delibes, con el que mantuvo una correspondencia sostenida, fechada el 2 de octubre de 1967, Antonio Otero, que nunca renunció a su puntito de humor, se pronunciaba así: “Yo soy un viejo liberal, demócrata y católico que se ha pasado la vida sufriendo las consecuencias de esta triple desgracia” (Apud Espinosa-Lama, o.c., vol. I, pág. 44). Eso no fue óbice, quizá más bien un estímulo, para que ingresase en la Masonería. Los hijos de Otero conservan manuscrito el discurso que su padre pronunció en marzo de 1949 al ingresar en la logia Iberia de París. Se trata de un texto magnífico, que ha poco fue publicado en Zaragoza por XIX/Veinte, Revista de Historia y Pensamiento Contemporáneo (n.º 1, 2007), que dirige Herminio Lafoz Rabaza, con una interesante presentación de Juan Solo Abardía.

Otero, que al parecer se había iniciado como aprendiz en la logia madrileña Unión (abril, 1935), conoce perfectamente el lenguaje y el pensamiento de la fraternidad masónica, con la que se dice del todo identificado. Comienza recordando su pertenencia a la logia Cautiverio y Valor, fundada en la cárcel, donde él estuvo recluido. “Estaba en los Valles de Santander y en el punto geográfico exacto en el que se alza el penal del Dueso. Limitaba al Norte con la Tiranía de Francia; al este con la Crueldad de Falange; al Sur con el mismo Mal y al Oeste con los pelotones de ejecución del Nacional Sindicalismo”, recuerda no sin su punto de humor negro nuestro paisano. Sigue después la conmovedora narración de las actividades masónicas que, burlando a los carceleros, llevaban a cabo y se emociona al recordar la figura de Martín Manzano, alcalde de Móstoles, “aquel masón admirable”, recluido y fusilado en Porlier. Le dedica un extenso poema, en hermosos alejandrinos blancos. Precisamente, “la primera tenida a que asistí en la Respetable Logia Cautiverio y Valor fue la tenida fúnebre en memoria del Q.H. Martín Manzano”, declara nuestro hombre. Prosigue después haciendo encendidas declaraciones de fe masónica.

No obstante, “fue dado de baja en 1953, un año después de su traslado a Rennes”, escriben en nota a pie de página Espinosa-Lama (vol. I, pág, 45), que lamentablemente no incluyen este. “Consultado José Antonio Ferrer Benimeli, máximo especialista en masonería española, ignora por completo la existencia de dicha logia (la del Dueso) y comenta que, si bien como grupo de hermanos (cursivas) es posible que existieran redes solidarias, es muy difícil, por no decir imposible, que una logia llegara a funcionar en prisión”, declaran los autores en la nota de la página 45, antes mencionada. Sin embargo, el documento a que aludo y que reproducimos como apéndice no parece dejar dudas al respecto. Así me lo aceptaba el propio Ferrer, tras mostrarle la hermosísima pieza oratoria en el reciente XII Symposium internacional de Historia de la Masonería española (Almería, 9-10 octubre 2009).

Para terminar, quiero recordar unos pasajes del autorretrato que compuso y mandó en carta a Antonio Piñeroba poco después de llegar a París. Me parece un buen paradigma del ideal masónico: “Sigo haciendo de la honestidad el mismo culto de siempre. Sigo siendo fiel a mí mismo. Sigo en guerra constante con el pecado, entendiendo por pecado lo que todo hombre honesto debe entender. Sigo oyendo eso que Ortega y Gasset llamó el fondo insobornable de la conciencia. Sigo braceando en este mar embravecido de nuestro tiempo. Sigo agarrado al timón de la nave de la decencia. Sigo siendo un tío celtíbero y orgulloso, con un penacho de dignidad como de aquí a los luceros. Y, naturalmente, sigo siendo pobre, un poco solitario y un bicho raro. Mi pobreza no bordea jamás —afortu-nadamente— el límite de la miseria; es simplemente una pobreza pastueña, domesticada, capaz de formar en esa tremenda guerrilla de palabras que constituyen el celtibérico —¡y subsconsciente!— refrán español de “pobre pero honrado”. Mi soledad es la mejor de las soledades porque cada día me encuentro más acompañado, a medida que voy encontrándome a mí mismo. Y mi calidad de bicho raro empieza a obligar a mucha gente a hablar de mí bajando la voz con espero y ¡pásmate! hasta para ponerme como ejemplo de conducta” (Espinosa-Lama, o. c., tomo I, pág. 47).

 

BIBLIOGRAFÍA (preparada por Miguel Ángel Lama y Francisco Espinosa)

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APÉNDICE

Discurso de Antonio Otero Seco

(Puede apreciarse que el papel es malo, de la época, y no durará. Está escrito con una máquina muy baqueteada que carece de eñes y de alguna tilde, y corregido a mano por el autor. Tiene correcciones ajenas que no deben tenerse en cuenta (página 2, destructores por destructora; página 4, espinas por espigas). Las correcciones del autor son evidentes, aclara Juan Soro Abardía).

Permitidme que mi primer saludo —junto al que siento la satisfacción de dirigiros— vaya al V. M. y a los queridos HH. de una Respetable Lo., para mi inolvidable. Viviría cien años en esta dura brega de buscar para mi Patria escarnecida y atormentada, un airón de Libertad, de Justicia y de Tolerancia, y me alimentaría a lo largo del camino el recuerdo imborrable de la vida y la muerte, del esfuerzo y la obra; del ejemplo y la conducta, sin flaquezas ni desmayos, de aquellos QQ. HH. que ahora evoco con emoción que no puedo —ni quiero— reprimir, y que, en estos instantes, se reúnen en mi corazón en tenida magna de fraternidad.

Aquella Res. L. está tan unida a mi carne y a mi espíritu masónicos, a mi fervor entrañable por nuestra Augusta Orden, que no quiero cometer la injusticia de renunciar a colocarla en el lugar de honor de este modesto trabajo. Me habéis dado tantas pruebas de espíritu masónico; habéis sido para mí cantera de tan finas calidades; habéis sabido cumplir la abnegada y meritoria labor de conducirme por las tinieblas, proyectando sobre mis ojos la viva luz de vuestra conducta, que quiero unir mis raíces —hundidas en aquella Logia Madre— a este magnífico florecer de la Respetable Logia Iberia, que, de modo tan generoso y fraterno, me ha abierto sus brazos. ¡Dichoso el que, como yo, puede tener la felicidad de sentirse vinculado a dos Logias que honran a nuestra Augusta Orden!

Era aquella Logia — permitidme este nuevo viraje hacia el recuerdo— una Logia perdida “en un lugar de España”; una célula viva en la España muerta; un cuerpo estallante de vitalidad incontenible allí donde los jinetes de la tiranía franquista —más destructora que los cuatro del Apocalipsis— habían reeditado la desolación del caballo de Atila, destruyendo todo signo de vida con sus cascos; una Logia, en fin, llena de luz pura, como un diamante en un estercolero; un vigía alerta en la España que sufre y que lucha; en la España que no se curva; en la España que agoniza cada noche y renace cada mañana; en la España que grita su verdad y que no renuncia a decirla, aunque cada palabra de protesta se engarce en el crucigrama trágico del Dictador para formar el “considerando” de una sentencia de muerte.

Esa Logia, modesta, sencilla, callada, obscura, voluntariamente sumergida en nieblas de silencio y en abisales honduras de recato, porque el más ligero rayo de luz la hubiera quebrado en su eficacia, condenándola al fuego eterno —se llamaba “Cautiverio y valor”. Estaba situada, utilizando nuestras bellísimas terminologías, en los Valles de Santander, allí donde cada mañana, el mar, piadoso, venía a poner un embozo de encaje blanco sobre la tierra fría de un pequeño cementerio en el que cada noche caía bajo las balas franquistas —con una condecoración de plomo en el pecho— un racimo de españoles ejemplares.

Estaba —repito— en los Valles de Santander y en el punto geográfico exacto en el que se alza el penal del Dueso. Limitaba al Norte con la Tiranía de Francia; al este con la Crueldad de la Falange; al Sur con el mismo Mal y al Oeste con los pelotones de ejecución del Nacional Sindicalismo; es decir, con la más absoluta negación de todo lo que nosotros representamos y contra lo que hemos jurado luchar desde el momento mismo en que el Pueblo Masónico tuvo la generosidad de pedir luz para nosotros. Allí, en medio de ese mar de sangre, la Respetable Logia “Cautiverio y Valor” era una isla de dignidad, un Robinson de amor, un menhir erguido —como un dedo justiciero— señalando el blanco eterno de la Verdad, de la Tolerancia y de la Virtud, en el centro exacto —geométrico y frío— del patio de un penal de Franco.

Allí-V.M. y QQ. HH.- recibí mi aumento de salario con el honor que me hicieron al considerarme digno de compartir sus trabajos con el grado de Compañero. Había llegado poco antes de otra prisión franquista —la de Porlier, de Madrid— donde los masones, unidos, nos prestábamos toda la solidaridad que nos era posible en nuestra desgracia común y donde cada uno procuraba ser ejemplo, con su conducta, para el resto de los compañeros de cautiverio. Habían fusilado allí a un hermano, al que el propio tribunal militar había propuesto para el indulto, ante la limpidez de su conducta profana —fiel reflejo de sus virtudes masónicas— pero al que el Ministro de la Guerra franquista y el propio Franco no habían querido perdonar porque era masón. En la sentencia de muerte de aquel hermano y al margen de la propuesta de indulto, hay una nota de puño y letra del entonces ministro de la Guerra en la que se dice: “No ha lugar al indulto porque es masón”.

Y debajo la firma de Franco con esta antefirma: “Enterado. Conforme”. Aquel masón admirable que en la prisión de Porlier era ejemplo vivo de virtudes, se llamaba Martín Manzano y era alcalde una villa heroica, que si no estuviera ya en la mejor Historia de España por haber parido a un hijo digno de este otro hermano, hubiera pasado ahora por haber parido a Martín Manzano, que era hijo y alcalde Móstoles. Su antecesor tuvo la audacia de declararle la guerra a los extranjeros invasores del suelo español. Este, luchó contra los españoles que invadían el propio suelo de la patria. En su memoria y dentro de su ataúd de fusilado “por enemigo de su Patria”, unos pobres versos míos recibieron sepultura en la tierra anónima donde tantos españoles admirables esperan la hora de poder estremecer de gozo sus cenizas viendo a España liberada.

Fueron escritos mientras Martín Manzano estaba en capilla y enviados a él clandestinamente, momentos antes de que saliera de la cárcel para no volver. Con él fueron a la tierra. Decían así:

“En esta noche negra que cubre todo el cielo

Mientras gritan los muertos con voces traspasadas,

Quiero decirte, hermano, mi adiós de despedida.

Bajo el compás abierto de tus piernas serenas

Pasa el río que nadie salvó con la mirada.

Si en esa ruta tienes tu rol de navegante

Deja que en ti salude al mejor Capitán.

Que aguarden esos hombres que esperan en la puerta

La corona de espigas de tus brazos labriegos

Para cerrarla a golpes de llaves y eslabones

Al cuello de tus manos aún no decapitadas.

O que vuelvan al Mundo de su cuadro de Goya,

Donde el farol devora la rueda de los días,

Porque tú eres la Vida con sus ponlas maduras.

Tu sangre, derramada antes de ser vertida,

Endurece la arcilla del hombre de la calle

Y abre venas y surcos en la tierra sedienta

Donde duermen tranquilos tus hijos y los míos.

Toma mi corazón. Llévale en esa mano,

Con geografía de montes y ríos de trabajo,

Para que sea mañana una robusta encina

Cerca del jaramago, de la estrella y la rosa.

Me duelen tu tranquila serenidad de justo,

Tu verdad que harakirán las duras bayonetas;

Tu bondad verdadera, tu sonrisa de niño,

Tus manos puerperales, de vuelta del arado;

Y ese perdón tranquilo, de semilla espontánea,

Sin hiel y sin vinagre, que Cristo envidiaría.

Me duele el agua clara tranquila de tus ojos,

Tu postura de siempre, tu voz de cada día,

Tu cigarro sin miedo, tu tranquila conciencia,

Tu sonrisa, tu amable despedida sin vuelta.

Desde la alta colina en que nos dejas solos

Déjame que te grite con voces que me llaman

Desde todos los rumbos cruzados de la rosa

La verdad que me dictan los hombres que no han muerto:

Mañana, cuando se oigan avanzar nuestros pasos,

Tu estarás con nosotros porque tu eres la idea.

 

La primera tenida a que asistí en la Respetable Logia “Cautiverio y Valor” fue la tenida fúnebre en memoria del Q. H. Martín Manzano. No teníamos naturalmente —un templo adecuado, ni podíamos, sin riesgo de la vida— decidirnos a la práctica de nuestro hermoso rito, tan cargado de sugerencias espirituales, tan llena de sugestiones poéticas inefables.

Habíamos elegido para reunirnos la escuela de la prisión. Para mejorar el nivel cultural de muchos de nuestros compañeros de cautiverio, los componentes de la Logia habíamos hecho uso de nuestros títulos académicos o de profesiones no corrientes, para lograr de la Dirección —más atenta a realizar mercado negro con los escasos alimentos de la Colonia Penitenciaria que a sutilezas discriminadoras— que nos permitiera organizar unos cursos de ciencias y de artes que debían ser explicados en la escuela del Penal, bajo la vigilancia de un funcionario de Prisiones.

Recuerdo que, en homenaje a Martín Manzano, di una conferencia sobre “El Alcalde de Móstoles” con la exacta etopeya de nuestro querido hermano. El nombre del Alcalde de Móstoles fue bastante para que el funcionario pensara que yo estaba pronunciando una conferencia “patriótica” dándole a este vocablo el sentido “patriotero” a que tan acostumbrados nos tienen los servicios de propaganda falangista. En aquella escuela se explicaron las más diversas ramas de las artes y las ciencias.

Lo interesante era poder estar reunidos. Yo expliqué un curso de latín, aprovechando que en mi —ya un poco— lejana juventud había preparado oposiciones a una cátedra de esta lengua, lo que nos permitió ponernos en contacto con un enlace de otra galería, catedrático de latín, que no coincidía nunca con nosotros en el patio, y dictarle —así— nuestras instrucciones, nuestras noticias de la calle y del Mundo, nuestras alegrías y nuestras penas, en presencia del vigilante funcionario, fingiendo ejercicio de análisis gramatical en el encerado de la escuela. Otro de nuestros HH. explicaba Astronomía; otro cálculo integral; otro inglés; otro esperanto.

Como ejemplo gracioso —de una gracia empapada en lágrimas, como veréis— recuerdo que un hermano fue incorporado al equipo profesoral para que desarrollara un curso de gastronomía, de recetas de cocina —concretamente— en un penal donde, por culpa de la bazofia del rancho, desprovisto del mínimo de calorías indispensable, morían de hambre cada día cuatro o cinco reclusos, en una población penal de cuatro mil. Pero no hubo otra posibilidad de incorporarle al cuadro de profesores, porque en la copia de su expediente, que se guardaba en el archivo de la prisión, figuraba con su verdadero oficio: “Cocinero”.

Y, por cierto, lo había sido de la Infanta Isabel. Merced a aquel arbitrio podíamos reunirnos todos los días una hora.

Cuando el oficial de Prisiones se aburría —cosa que pasaba casi siempre— se marchaba de la clase, convencido —son sus propias palabras— de que aquello “era una jaula de locos empeñados en aprender siempre cosas nuevas, sin darse cuenta de que cualquier noche les podían cortar el pescuezo”. Entonces, la escuelita de El Dueso se convertía automáticamente en el taller de la respetable Logia “Cautiverio y Valor”, porque rara era la vez que no estábamos a cubierto. Salvo los cursos generales en los que abundaban los profanos, en los que nosotros llamábamos de especialización se decían cosas tan raras para los no iniciados que acababan por dejarnos el campo libre, si no diciendo lo que el oficial de prisiones, pensándolo, por lo menos.

Nuestra buena voluntad, nuestro fervor masónico, nuestro amor a la Augusta Orden, nos hacían ver los símbolos que faltaban en aquellas paredes ensuciadas con consignas falangistas, en mayor abundancia que carteles pedagógicos. No es una simple imagen literaria, ni un puro sueño poético, sino casi una realidad tangible: en aquella lóbrega mazmorra, en aquella celda —que no escuela— donde hasta a la Ciencia y a la Cultura se había querido encerrar en prisión, he visto, con casi tangibilidad material, la estrella Flamígera, guiado por la explicación simbólica de nuestro V. M. Y he visto, con corporeidad que casi me hubiera permitido posar mis plantas sobre ellos, los cinco escalones que hay que esperar para poder contemplar la pura luz que de ella emana.

Quisiera recrearme en esta evocación que me canta en el alma con trinos que son luz y que brilla en el recuerdo con luces que son una canción, reiterando la evocación de aquellos instantes, volviéndolos a vivir con el íntimo agradecimiento de que aquellos hombres que quitaron de mi lado la piedra bruta para sustituirla por la piedra cúbica y encomendarme trabajos de más responsabilidad y finura artesana, me enseñaran a pulimentar también la piedra bruta de mis pasiones, de mis defectos, hasta hacerme minero de mí mismo, sumergiéndome en la noche obscura de mi yo profano —lleno de impurezas— y alumbrarla con luces que yo tomaba de su ejemplo, hasta poder concebir la esperanza de trocar la noche en claro amanecer.

Se alza ante mí, en estos momentos, la figura del artífice de aquel taller; la silueta venerable —en todas las acepciones del vocablo— del V.M. Él era el hombre incansable que había borrado de su diccionario interior la palabra desaliento; el que sabía encontrar el arbitrio ingenioso para darle un ágil quiebro de cintura a la vigilancia; el que sabía arreglárselas para encontrar la treta audaz con que soslayar los inconvenientes que cada día se presentaban a nuestro necesario cambio de impresiones.

Era un levantino con el perfil de condotiero que debieron tener Roger de Lauria y el Papa Borja. Tenía el ingenio ágil, la sonrisa pronta, la palabra clara, y el corazón en la mano como una lámpara votiva. Con la sencillez de lo sincero era ejemplo para todos por su conducta irreprochable: para los cobardes, con el espectáculo de su sinceridad; para los intransigentes, con la intolerancia a prueba de incomprensiones; para los egoístas con las manos llenas de solidaridad. Recuerdo que tocaba la guitarra maravillosamente, que hundía sus dedos ágiles, como una araña de nácar, en el pez negro —como un sexo sombrío— de esa bailarina mutilada de madera, hasta convertir en luz sonora la verticalidad de la reja armoniosa de sus cuerdas.

Alguna vez le dije que tocaba la guitarra como ron tocar sus instrumentos esos ángeles músicos que pegan su perfil ingenuista en los juros de las iglesias románicas de castilla o sirven de fondo a las letras capitulares de los viejos códices del medioevo. ¡Cuántas veces, junto al petate de un enfermo —de angustia, de soledad, de hambre y de carencia de medicinas— alzó el único remedio que podía ofrecerle: el de la guitarra, para que el espíritu del, doliente se empapara de las cadencias de una canción vernácula y entrañable!

Aquel hombre me llamó un día, y con otros QQ. Maestros de la Logia, me inició, en el ritual del grado de Compañero. Fue —no se me olvidará nunca— una tarde de Jueves Santo, en la que el capellán de la Prisión había organizado un “piadoso acto de arrepentimiento por nuestros muchos pecados y crímenes cometidos durante el Gobierno de la Anti España”.

Habían cerrado la escuela y paseábamos, después del acto “de desagravio a Su Divina Majestad” por el patio de la prisión, bajo la vigilante mirada de los oficiales de servicio que no habían puesto, ciertamente, sus porras a la funerala. Allí, V.M. y QQ. HH., en aquel ambiente de beatería inquisitorial, conocí la letra G que era como el símbolo de la vida y la obra de aquel que me la mostraba: de la Gravitación equilibrada de su alma, para asegurar la solidez de aquel edificio masónico que él había levantado en una zona tan erizada de peligros; de la Geometría perfecta de su actuación, que le permitía medir y construir sobre el lugar necesario para el buen orden de la doctrina; de su generación espiritual, que le había permitido engendrar aquella cantera de hombres que servían de ejemplo a los profanos; de su genio para vencer las dificultades, con el tesón tan reiterado y sin desmayos que venía a darle la razón a Bufón cuando dijo que “el genio es una constante paciencia”; y hasta de su Gnosis que le llevaba siempre a los lugares y a los temas donde pudiera saciar su sed infinita de conocimientos. Allí supe, en aquel sombrío recinto, que “somos como las espigas de trigo”, sintiendo que mis manos florecían en cinco rosas candeales, alargándoseme los dedos como un símbolo de mi nueva edad, y “que hay que perseverar en el Bien”.

Me gustaría poderos repetir —literalmente— sus palabras de aquella tarde, describiéndome los sentidos corporales, analizándome la significación real y la simbólica de las artes y las ciencias; de los órdenes de arquitectura; de las enseñanzas de los filósofos; de la significación del Templo y de la estrella Flamígera, pero siento el escrúpulo de empobrecer la realidad de aquellas palabras luminosas con la torpeza de mi versión personal.

Figuraos, simplemente, lo que para un espíritu de artista, para un temperamento poético de levantino —ebrio de luz, de color, de gracia panteísta y de sales mediterráneas— podía significar el punto de partida de los cinco sentidos; del mazo y del cincel; de la regla y el compás; de la palanca y de la escuadra, sobre los que su verbo prodigioso hacía recaer la gracia armoniosa de todas las Musas.

Recuerdo que aquella tarde me decía el V.M. —entre otras cosas— estas palabras empapadas de ternura: “Mira siempre que el masón debe ser ejemplo hasta de sí mismo, que tiene que ser tolerante y estar sobre todas las pasiones”.

He procurado —en la medida de mi imperfectibilidad— adecuar, desde entonces, mi conducta a esta recomendación. Y he procurado ser tolerante, aunque para serlo haya tenido que ahogar en el fondo de mi alma y de mis pasiones profanas la oscura llamada de los impulsos primarios. Tolerancia, Sacrificio, Abnegación, Solidaridad... estos son los mandatos que me he hecho a mí mismo, a esa hora en que uno se recoge para dialogar con el propio yo y hacer —como hacía Séneca— el repaso de los actos de cada día. He aquí los conceptos que allí aprendí y que he procurado poner en práctica a lo largo de estos años sombríos, en que las desgracias de mi Patria me han colocado en la situación de aportar mi modesto concurso y mi sincero esfuerzo a los que tratan de remediarlas. Tolerancia, para calar hondo, serenamente, en el espíritu de los demás y no tratar de imponer mi pensamiento por la fuerza o la coacción, convencido de que no hay peor terrorismo que el espiritual; Sacrificio para saber renunciar a lo efímero, a lo cómodo, a lo personal, a lo agradable, en beneficio de la felicidad de la colectividad; Abnegación para soportar las pruebas que la vida puede ofrecernos con la alteza de miras, la elevación de propósitos y la serenidad de alma y de conciencia que le permitieron a Sócrates aceptar la cicuta —sin que le temblara la mano que erguía el vaso— ante la mirada aterrada de sus discípulos; y Solidaridad, para no olvidar nunca que el Mundo es una inmensa familia a la que no tenemos el derecho de hurtar nuestra escarcela donde se guardan las más luminosas monedas: las de la fraternidad.

Permitidme, V.M. y QQ. HH. Que no moleste más vuestra atención y que cierre este modesto trabajo con la reiteración del deseo con que se ha iniciado: El de enviar mi mejor recuerdo, con mi mejor saludo, a aquella Respetable Logia, perdida y ganada, obscura y luminosa, en “un lugar de España”, para la que se va, en esta noche, mi emoción, en compañía del triple abrazo fraternal y ósculo de paz, que os ofrezco a vosotros.

Antonio Otero Seco

* Agradezco mucho a Antonio Otero hijo haberme proporcionado noticia de la publicación de este documento y a mi compañero y amigo Antonio Astorgano la copia que del mismo me proporcionó.

Primer apellido: 
Otero
Segundo apellido: 
Seco
Nombre: 
Antonio
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Cabeza del Buey
Provincia: 
Badajoz